Sucedió en una barbacoa de esas que un amigo organiza todos los años con ocasión de su cumpleaños.
Como en años anteriores, me había propuesto que de esta no pasaba: iba a mantenerme sereno hasta el final, iba a reírme mucho y no diría muchas tonterías. Imposible.
Cuando llegué ,enseguida fui a saludar a mis grandes amigos y anfitriones, que me recibieron con un saludo siempre diferente al de los años anteriores – si, es algo raro, inconscientemente nunca nos saludamos igual: Gimme four! Gimme five! Gimme fifteen!, cosas así, sin sentido -, me dispuse primero a ver, después imaginar cómo sería la fiesta y por último visualizar como quería que fuese el día.
Nada, no hubo manera.
Por delante mía, como si de tiro de arcabuz se tratase, se cruzaron los talones más delicados y perfectos que jamás ha tenido ningún ser humano para soportar su peso. Y el disparo me dio de lleno.
En seguida, así, frente al calor del fuego que mis amigos se encargaban de proveer, me ensimismé en ellos, sin tener ni el más mínimo respeto por los riesgos de tal actividad, sin miedo a morir. Ya no me importaba nada más que eso: saber más acerca de la persona portadora de tan preciosas y encantadoras extremidades.
Con la conciencia medio perdida en divagaciones intelectuales sobre el aprendizaje del inglés, su origen, un poco de ron, las diversas academias de inglés, un poco de ron, el alemán, más ron, el proyecto de Las Vegas en Madrid, otro ron, los últimos resultados de la Liga y por último un poco de ron, fui aprendiendo un poco más de la excepcional persona poseedora de esa fuerza locomotriz.
Creo que fue de tanto hablar del inglés y los idiomas, que llegó el momento de decir tonterías. Y que cosa más rara, pronunciaba una tras otra sin esfuerzo alguno! Lo sé, es un don que me ha dado la naturaleza y el Havana 7.
Tras varios absurdos comentarios, la confesión de mis deseos, expectativas profesionales – más absurdos aún – y personales, la atendida y gratificante escucha como réplica, un extraordinario paseo junto a los atractivos talones todoterreno que me servían de guía sobre el pedregal, unos entrañables y queridos amigos italianos, unos preciosos ojos azabache, el último Barca Madrid de la temporada y regocijo y congoja futbolera, por fin, tuve la revelación: La suerTe está en los talones.
El dinero, la familia donde naces y las personas con quienes en un momento dado puedas coincidir, ayudan a tener esa prosperidad que muchos ansían, pero lo que de verdad es determinante es tener unos pies bellos, atractivos y cuyos talones soportan una persona todavía más excepcional, inteligente y fácil de admirar.
Yo no tengo nada de eso. Mis talones son únicos, pero por sentidos, rojiblancos y queridos.
Solo sucede que, durante al menos un par de días, sentí que la suerte estaba de mi lado, que esta vez si, en adelante iba a caminar Con la suerTe en los talones.




